jueves, 6 de enero de 2011

"Extraños en un tren" (1951).


-- "Strangers on a Train". Estados Unidos. Año 1951.
-- Dirección: Alfred Hitchcock.
-- Actuación: Farley Granger, Ruth Roman, Robert Walker, Leo G. Carroll, Patricia Hitchcock, Kasey Rogers, Marion Lorne, Jonathan Hale, Howard St. John, John Brown, Norma Varden, Robert Gist.
-- Guión: Raymond Chandler y Czenzi Ormonde, y Ben Hecht sin acreditar, sobre una adaptación de Whitfield Cook, basados en la novela de Patricia Highsmith.
-- Banda Sonora: Dimitri Tiomkin.

-- "Extraños en un tren" en IMDb.
-- "Extraños en un tren" en la Wikipedia en inglés.

¿DE QUÉ SE TRATA?

Un individuo inmerso en ese sórdido y perversillo submundo que es el tenis profesional, viaja a su aldea natal para divorciarse de su esposa, una flaitonga que consiguió encaramarlo al altar cuando él era un donnadie, pero que ahora que es famoso, y que puede aspirar a algo mejor (concretamente a la hija de un político, y comparándola a ambas, quién podría culparlo), está listo para decir bye-bye-beautiful (lo de "beautiful" es sarcasmo en este caso). En eso, un tipo lo reconoce y le dice que, oiga usté, ¿no es fulanito de tal, el que se dedica al fino arte de golpear pelotas con la raqueta? Y el tipejo se acerca al tenista, con su mejor cara de "enséñame a usar esa raqueta, lindo"... El tenista, que podrá ser tenista pero igual como que se cohibe un poco, decide replegarse su poco en dirección hacia el armario, pero el otro, jugueteando distraídamente con su bastón, sigue que te sigue. La conversación termina versando sobre el divorcio, porque verán, el otro tipo se lee toíta la prensa sobre tenistas (si es medio rarito, no podía gustarle el viril deporte del rugby, claro está), y le saca eso de que adios esposa y todo. Y entonces le propone una extraña teoría. El no soporta y debe deshacerse como sea de su madre. Pero claro, él tiene un móvil. Y el tenista también tiene un móvil para matar a su señora, en particular si no hay divorcio, ¿no? Pues entonces, la solución es nada más sencilla. El hijo regalón mata a la señora del tenista, y a su vez el marido del año mata a mami. Crímenes cruzados, no hay motivos, policía desconcertada, ambos libres. Chan-chán. El tenista lo escucha, pero no le termina de entrar bien eso de cruzarse con el otro tipo... cruzarse los crímenes, no sean malpensados... y le dice una frase de cortesía e irónica que cualquiera hubiera entendido que es cachondeo. Pero como el otro no es de tomarse las cosas a broma, decide que va en serio. Y emprende la marcha, como un Terminator de toda la vida, acechando a la esposa, que entre tanto, la muy putifarra, resulta que además de no concederle el divorcio al tenista para arruinarlo y si no es mío no será de nadie, la muy putifarra, decía, se manda a cambiar con dos amiguis a una feria de diversiones, para hacer en lo oscurito esa clase de cosas que ya-saben, hacen las niñas grandes. Y ahí empieza a perseguirla el tipo. De juego en juego. Ella se da cuenta, pero como el otro sonríe y la otra es putifarra, pues bien, tendrá a dos chicos, pero tiene que sonreirle al otro hombre. De esta manera, el trío se adentra cada vez más en el parque, siempre con el lunático del bastón detrás... ¿conseguirá zafarse? ¿Se cumplirá la teoría de los crímenes cruzados? ¿O por el contrario, a nuestro bien compuestito tenista acabarán sodomizándole... la vida, eso quiero decir, no se piense mal...?

EL ESPÍRITU DE LOS TIEMPOS.

Patricia Highsmith ocupa un lugar de privilegio en la literatura policial del siglo XX. No por sus intrincados crucigramas policiales como Agatha Christie. Tampoco por su brutalidad como Dashiell Hammett. Ni por su cinismo como Raymond Chandler (autor que, por cierto, escribió un preguión de la peli, aunque consideraba la novela de la Highsmith una tontera). La verdadera razón por la que Patricia Highmith ocupa un lugar de culto en la novela policíaca moderna, es porque la señora era una perra enfermiza de lo peor. Sus relatos son lisa y llanamente nauseabundos, no por mal escritos (de hecho ella es una escritora magnífica), sino por la manera en que se las arregla para tomar situaciones que consideraríamos más o menos normales y cotidianas y retorcerlas hasta hacerlas enfermizas e insanas. Aunque la Highsmith es mejor cuentista que novelista (y es que en el cuento destila lo mórbido hasta extremos espantosos), se dio maña para ser conocida por "El talentoso Señor Ripley". "Extraños en un tren" es anterior. De hecho, fue su primera novela, y fue publicada en 1950. La novela era lo suficientemente insana y mórbida como para llamar la atención de otro tipo mórbido e insano, como lo era Alfred Hitchcock, que en las tinieblas de los representantes consiguió hacerse a precio vil de los derechos. En aquellos tempranos '50s, en que los rudos y combativos '40s iban quedando atrás, y se asentaba lo que después será esa cosa tan eisenhoweriana de los suburbios con gente correctita como vecinos y pie de manzana en las ventanas, Alfred Hitchcock y sus veintialgos años de carrera fílmica se habían anotado ya un punto en las ligas mayores con "La soga", y estaba iniciando su edad de oro. "Extraños en un tren" es la primera peli de una década prodigiosa en que el Fantasma del Cinematógrafo nos regaló "La llamada fatal", "La ventana indiscreta", "Para atrapar a un ladrón", su autoremake de "El hombre que sabía demasiado", "Vértigo", "Intriga internacional" y "Psicosis". Y sin despeinarse, el desgraciado.

¿POR QUÉ VERLA?

-- Por una vez en la vida, la peli es bastante superior a la novela. Como en dos tercios de proyección, sigue con total fidelidad el argumento. Pero luego tomó una muy sabia decisión: echó por la borda el final de Patricia Highsmith. ¡Horror!, los oigo gritar, ¡herejía!, ¡un cineasta que se atreve a profanar con sus sarmentosas manos las sagradas páginas del material que vampiriza! Bueno, déjense de leseras, si quieren adaptaciones religiosamente fidedignas váyanse a ver "Harry Potter y la piedra filosofal" o "El Código da Vinci", pero si quieren ver cómo una adaptación puede superar al material literario de base, sigan en nuestra sintonía. Mientras que es claro que Patricia Highsmith no tenía idea de cómo desanudar todo lo anudado a lo largo de la trama, y cortó por la solución más imbécil de todas las posibles, Alfred Hitchcock y su equipo de guionistas se inventaron con un par, todo un final de acción que debe contarse entre lo más frenético que el gordo ése rodó jamás (lo de "gordo" no lo dije yo, fue Raymond Chandler quien una vez lo llamó el "big fat bastard", para que se vean...). Tampoco Hitchcock se arredró antes las evidentes connotaciones homoeróticas de la novela original (hasta donde se sabe, y es muy creíble leyéndole su material, a la señora Highsmith le era indistinto comer plátanos o papayas de postre), y las volcó en pleno dentro de su peli (esa escena en que el fanático saca una pistola y apunta a la espalda del tenista...). Y se reforcila en esas connotaciones, para añadirle dolor a la injuria. Sí, señores, "Extraños en un tren" no será la mejor peli que Hitchcock haya rodado jamás, pero tiene buenos galones para estar en el Top Five de las más sórdidas que el inglesito se le ocurrió rodar jamás.

-- La trama de la peli (descontado que ya viene en la novela, claro) es lo más original que hay. Muchas historias policiales, en eso de escamotearle cosas al espectador para incrementar el suspenso, deben enroscarse como culebras, a veces hasta lo inverosímil, con vuelta de tuerca aquí y vuelta de tuerca acá. "Extraños en un tren", en cambio, tiene una premisa de lo más sencilla, y eso refuerza el efecto de la misma: el suspenso no viene de que algo en alguna parte va a girar en una dirección distinta y vas a quedar ¡¡¡WHOAAAAAA...!!!, sino de que todo el argumento parece moverse inexorablemente en una dirección, y la tensión arranca de la impotencia (er, no sexual, aclaremos a estas alturas) del prota para evitarlo. Da tanto nervio la cosa, que no en balde fue objeto de un remake bastardo en manos de nada menos que Danny De Vito ("Bota a mamá del tren", en donde te sacan risas justamente a cuenta del suspenso, y es que si vas a copiar, copia al mejor y quedas como rey).

-- En cuanto a la realización... Está bastante bien. Las actuaciones no son superlativas, pero cumplen perfectamente con su cometido. El que se roba la peli, claro está, es Robert Walker como el fanático medio desquiciado, mientras que Farley Granger (ya de partida el nombre es medio rarito, a mí me suena como a Faye Valentine...) está un poco blanducho en su rol (por otra parte, uno de los dos tenía que ser el debiluchito para que la liaison se viera creíble, claro...). Dentro de sus cinco milímetros cuadrados también brilla Kasey Rogers, porque... ¡qué perra miserable y maldita la infeliz!

IDEAL PARA: Ver el comienzo de la edad de oro de Alfred Hitchcock.

VIDEOS.

-- Trailer de la peli [en inglés, sin subtítulos].

3 comentarios:

Piru dijo...

Precisamente iba a señalar una de las claves de esta película, cuando he visto que tu tampoco lo pasaste por algo: y es que Patricia y Alfred son tal para cual. Yo creo que habría que investigar si no tuvieron un affaire o algo parecido porque son exactamente iguales. Situaciones cotidianas con sujetos normales acaban abrazando la mayor de las fantasías. Todavía recuerdo al pobre tipo de Ese dulce mal.

Genial película y relato de los amos del misterio.

Gocuzero dijo...

Muy buena pelicula de sin duda un gran maestro que es Alfred Hitchcock, nada mas decir que hay una parodia de esta pelicula en el ultimo especial de noche de brujas de los simpsos que vi hace poco en la que lisa tiene que matar a la maestra de bart y bart a la maestra de liza y dicen cruzemos.

Tambien hay una parodia que se llama "tira a mama del tren" en la que dani de vito mira esta misma pelicula y decide matar a la esposa de su profesor de literatura y luego le pide mate a su madre.

General Gato dijo...

A PIRU: Mmmmmm... La verdad, aparte de ciertas turbadoras coincidencias temáticas, no se me había ocurrido la posibilidad de que los dos H pudieran haberse liado (además de que a santo de qué haber comprado Alfred los derechos de manera anónima y por intermediarios...). Pero es cierto que un tema recurrente de ambos es la existencia de una realidad conformada por un embrollo psicológico con cierto regusto sexual, por debajo de la apacible tranquilidad de la sociedad allá afuera, etcétera.

A GOCUZERO: ¿Bart y Lisa cruzando asesinatos en un especial de Noche de Brujas de Los Simpsons? ¡Es que eso tengo que verlo! (No, no lo he visto, snif...). La parodia/homenaje de De Vito es sangrante y buenísima, probablemente uno de los pocos casos en donde el remake (semibastardo, en este caso) está más o menos a la altura del original a mi gusto.

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