domingo, 14 de octubre de 2007

"Prohibida obsesión" (1989)


"Sea of Love". Dirigida por Harold Becker. Protagonizada por Al Pacino, Ellen Barkin, John Goodman, Michael Rooker, William Hickey, Richard Jenkins, Paul Calderon, Gene Canfield, Larry Joshua, John Spencer, Christine Estabrook. Estados Unidos. Año 1989.

¿De qué se trata?
Una vez más, la sangre corre en Nueva York. Se trata de un fulano en cueros al cual lo hacen fornicarse la propia cama (sí, así como suena, lo hacen fornicarse la propia cama), antes de que le incrusten un balazo en el recipiente de los sesos. La investigación cae en manos de un detective que, como manda el lugar común, es alcohólico y está separado de la señora, que se la pega con su compañero. Nuestro policía recibe un homenaje por sus veinte años portando placa, y éste, en vez de estar contento por el reconocimiento (o por haber sobrevivido veinte años en las calles, al menos), sufre un acceso depresivo y empieza a hacer estupideces. Parece que el caso no va hacia ninguna parte, hasta que aparece otro poli topicazo a más no poder, el buenazo de John Goodman haciendo otra vez el rol de chico gordo y bueno como el pan, quien le trae algunas pistas. Entre los dos hacen buenas migas (EEEEEEHHHHHH)... y después de descubrir que las víctimas siguen un determinado patrón, a saber, que buscan contactos seximentales a través de los clasificados de diarios y revistas (era 1989, no existían los foros de Internet ni Sexyono o Match.com, ¿vale?), publicando la clase de versos que mojan a las chicas y hacen vergarse de risa a los chicos. Diseñan entonces el clásico plan infalible, y éste será citarse con todas las chicas que contestaron al aviso, haciéndolas picar con un poema de autoría propia (¿propia...? er...) para que acudan como polillas a la luz. Todo funcionaría como es debido y correcto, hasta que para nuestro poli alcohólico y cuerneado llega la hora, y una de sus citas resulta ser la chica modelo, la que le quitará el sueño y el aliento... ¿la que le quitará, de paso, la vida...?

El espíritu de los tiempos.
El thriller policial de los '80s tenía ciertas convenciones dramáticas, herederas un poco del esquema Harry el Sucio: asesino en serie que mata chicas (o en su reemplazo, traficantes de alguna clase), policía duro que le va a poner las peras a cuatro al malandrín de turno, y chicas bonitas que estén ahí como carnaza (¡ey! Podríamos llamarlas las chicas McGuffin). "Prohibida obsesión" tiene un cierto regusto a thriller ochentero (no podía ser de otra manera, si es de 1989), aunque sea por la ambientación, pero representa un intento legítimo y más o menos honesto por dar vuelta las tornas del género. Ahora, los muertitos son todos hombres, y las sospechosas, incluyendo a la sospie principal, son mujeres; por otra parte, el polizonte ahora no es tan duro, sino que tiene su corazoncito. Hmmm, ahora que lo pienso, tampoco es que "Prohibida obsesión" sea tan original, como que el esquema ya había sido empleado en "Impacto fulminante", otra de las de nuestro bienamado Harry el Sucio...

¿Por qué verla?
- Seamos honestos. La peli se ha resentido sobremanera con el paso del tiempo, y verla ahora tiene más que nada un interés arqueológico. La culpa la tienen ese-sujeto Joe Eszterhas, que se llevó el guión de Richard Price para la casa y le puso un poco más de churrumbina de la suya para pergueñar "Bajos instintos", y ese otro sujeto Paul Verhoeven, que se atrevió a rodar mejor que Harold Becker (conociéndolos, era que no, por lo demás). Harold Becker no es un mal director, pero no pasa de discreto ganapán que se limita a poner la cámara y rodar sin mayor alarde de creatividad, como lo atestigua su firma tras "City Hall: La sombra de la corrupción" o "Misión: Seguridad máxima", entre otras. Los parecidos entre "Prohibida obsesión" y "Bajos instintos", que la siguió tres años después, superan lo admisible por aquello de ser una "peli de género", y llegan hasta el ridículo: 1.- Hay un asesinato, y la víctima es un sujeto que en apariencia ha tenido sexo antes de que le enseñaran el camino hacia la Otra Vida; 2.- La principal sospechosa es una mujer que juega el juego de la seducción y que en apariencia ha tenido sus contactos de alto voltaje con la víctima; 3.- El poli a cargo es un tipo conflictivo que tiene problemas sentimentales (en ambos casos lo dejaron por intratable) y de amistad demasiado cercana con ciertas substancias (alcohol aquí, blanco de la buena en "Bajos instintos"); 4.- En ambos casos el poli termina encamado con la sospechosa a pesar de que sabe podría terminar muerto; 5.- En ambas pelis el compañero y mejor amigo del poli es un gordito simpático que le dice o le grita al prota que no piense con el mástil (aquí es John Goodman, en la otra era el gran George Dzunza). Pero las diferencias son cruciales: en "Bajos instintos" hay mucho más sexo (en lo de "Prohibida obsesión" vemos las naranjas de Ellen Barkin al aire, y no están nada de mal, pero eso es todo) y violencia (aquí los asesinatos son con la vieja y buena pistola de toda la vida, mientras que en la otra eran con picahielos). Quizás acá lo hicieron primero, pero en la otra lo hicieron mejor, y eso es al fin lo que cuenta. Así es que bien se puede ver "Prohibida obsesión" como un borrador de los últimos '80s, de lo que iba a ser "Bajos instintos" para los '90s; por lo demás, al año siguiente de "Prohibida obsesión" vino "El silencio de los inocentes", y con ella el cine de psychokillers cambió para siempre.
- Existe una química innegable entre Al Pacino, el poli con problemas, y Ellen Barkin, la sospechosa del año. Si la película se sostiene en algún punto, vista en la actualidad, es por las chispas que ambos sacan, algo bien notorio en particular porque ella entra bien pasada la media horita de metraje, y lo hace a lo grande. Tenerlos reunidos le seguirá pareciendo una buena idea a Steve Soderbergh, casi veinte años después, y ahí los tendremos como secundarios de lujo en "Ahora son 13".
- Del guión, mejor no digamos nada. La partida es poderosa y el modus operandi del asesino tiene morbo (y por ende gancho), pero luego el asunto demora en partir, y cuando lo hace, es con un método policíaco más digno de Frank Drebin o del Superagente 86 que de detectives hechos y derechos. Y después, cuando encuentra a la sospechosa más sospechosa, pues bien, la manera tramposa en que arreglan eso de que no le tome las huellas digitales para que la cosa tenga más suspenso... Y ya no digamos la solución final, miserable en términos narrativos a más no poder. Lo dicho: Joe Eszterhas podrá haberse robado el guión con alevosía, pero... ¡por Dios que lo mejoró!

IDEAL PARA: Arqueólogos del cine.

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